"Hay un Paleolítico ignorado que reclama el compromiso de los profesionales"

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Una de las pasiones de Miguel Martín ha sido el estudio de los orígenes del hombre. En su biblioteca figuran, entre otras, las obras de Darwin, Wendt, Von Koenigswald, o Teilhard de Chardin; y una de sus aficiones es recopilar toda la bibliografía y artículos que caen en sus manos sobre el tema. Por eso, cuando en 1979 se encuentra ante este impresionante descubrimiento arqueológico, Miguel Martín no es un profano en la materia: sus conocimientos de prehistoria le permiten valorar en toda su magnitud la importancia del hallazgo.

Valladolid en Europa

En 1979, cuando trabajaba en la nivelación de unos terrenos, en la provincia de Palencia (España), en terrazas del río Pisuerga muy próximas a la provincia de Valladolid, Miguel Martín advierte la presencia de herramientas de piedra de Paleolítico Inferior. Mezclados con ellas, aparecen otros objetos de piedra, que no muestran los negativos de lascas típicos de la percusión, pero si otras señales de una manipulación humana.

Siguiendo esta pista, descubre no una cultura nueva, sino todo un Paleolítico Inferior sustancialmente diferente del que se enseña a los futuros prehistoriadores en las universidades de todo el mundo.

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Desarrolla una técnica que le permite localizar suelos de cabaña ocupados en su día por los hombres del Paleolítico, y que la erosión ha sacado a la superficie, en las terrazas altas.

En la provincia de Valladolid (donde no se conocía ninguno), localiza 32 yacimientos, que le proporcionan 20.000 piezas mayores elaboradas por el hombre, lo que constituyen un material de estudio totalmente desconocido hasta ahora.

Yacimientos
Colecciones

La Prehistoria académica enseña que el hombre inferopaleolítico no era capaz de hacer arte ni de tallar la piedra más que por percusión:

golpeando un canto de cuarcita o un riñón de sílex con un percutor de piedra, se separan lascas, hasta que canto o riñón adquieren la forma y utilidad de la herramienta que pretende elaborar.

En el útil terminado quedan visibles los negativos o huecos que dejan las lascas saltadas. El profesional desprecia toda pieza que no presente estos negativos.

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Pero los nuevos hallazgos demuestran inequívocamente que el hombre inferopaleolítico utilizaba todos los procesos que permiten una talla controlada de la piedra, como la percusión, los cortes planos o angulares, el piqueteado, la exfoliación controlada, y la pulimentación (invento que hasta ahora se atribuye exclusivamente al Neolítico).

Reconocidos estos trabajos, la panoplia de objetos elaborados en piedra por el hombre primitivo se multiplica por tres, y ya no solamente aparecen armas o herramientas, sino también numerosas obras de arte.

En cada suelo de cabaña aparece más de un centenar de estatuillas de piedra que representan deidades superiores, demonios benéficos protectores del hogar; animales de todas las especies, incluso pequeños roedores, aves, y reptiles; órganos genitales masculinos y femeninos; objetos de culto al Sol, a la Luna, y al fuego; y gran cantidad de símbolos geométricos. Solamente en los palacios de los mecenas medievales existe un parangón con esta abundancia de arte doméstico.

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Los hallazgos demuestran que el hombre inferopaleolítico del Pleistoceno Medio (780.000 a 120.000 años a.C.), cuyo endocráneo cubica poco más de 1.000 cc., no posee ese componente de cultura-civilización que impulsa imparablemente al hombre de nuestra especie hacia el progreso técnico; pero, en el orden espiritual y místico, su cultura es muy superior a la de los cromañones pintores de Altamira (35.000 a 10.000 años a.C.), que pertenecen ya a nuestra propia especie, con endocráneo de 1.500 cc.

 

 

Intentar resumir en unas pocas imágenes los descubrimientos de Miguel Martín es una labor humanamente imposible (recordemos que son cerca de 15 toneladas de materiales, y aproximadamente 20.000 piezas).

En la siguiente galería fotográfica se presenta una selección de las piezas más significativas. Esta exposición es solo una pequeña muestra de las colecciones de este investigador, y de las tipologías más interesantes detectadas tras estudio de las mismas.

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En 1996 Miguel Martín, y el Dr. Arribas Rejón (arqueólogo y antropólogo cultural), publican el libro El fenómeno eldanense (Editorial Sever Cuesta), en donde se relata la historia completa de estos hallazgos, y se analiza su contenido de una manera científica y rigurosa. El libro está ilustrado con 150 fotografías a color, y numerosos dibujos.

EFE
 

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