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Miguel Martín Fernández de Velasco nace en Valladolid el 18 de julio de 1927. Es el mayor de siete hermanos. En 1934 (a los 7 años de edad), su familia se traslada a Montoro (Córdoba), donde sus padres (José Martín y Concepción Fernández de Velasco), poseían una explotación agrícola.
Pierde a su padre en los comienzos de la guerra civil española de 1936. Tras muchos sobresaltos y peripecias, el resto de la familia regresa a Valladolid, donde se establece definitivamente a principios de 1937.
Allí cursa sus estudios de Bachiller en el Colegio San José. Posteriormente estudia la carrera de Derecho en la Universidad de Valladolid, estudios que completa con la calificación de Sobresaliente, en un tiempo récord de 3 años.
En 1952 contrae matrimonio con Marina Jiménez Bleye, bella palentina, licenciada en Filología Románica, con quien tendría seis hijos, todos varones.
Siguiendo la tradición familiar, monta una granja experimental en la que se realizan pruebas de nuevos cultivos y de selección de aves. Las líneas puras de aves desarrolladas en esta granja compiten en rendimiento con las importadas de U.S.A.
En esta época, funda la revista Club del Campo, destinada a servir de vía de comunicación entre todos los agricultores españoles. La revista, que tiene una edición de 100.000 ejemplares mensuales, se distribuye gratuitamente.
Con posterioridad ejerce la abogacía durante varios años, profesión que abandona para dedicarse a materializar otros proyectos personales, como la creación de varias urbanizaciones.
Miguel Martín es una persona llena de inquietudes. Entre sus múltiples aficiones podemos citar la caza, la pesca, la cetrería, y en general cualquier actividad relacionada con la vida al aire libre.
Es apasionado admirador del Arte Románico, de la Prehistoria, y la Historia de América.
Entre otras habilidades, ha desarrollado la de localizar aguas subterráneas con la ayuda de un péndulo (radiestesia)... habilidad que le sirve lo mismo para marcar pozos (y convertir un secarral en regadío), que... ¡para localizar los azores que se le extravían durante una cacería!
Estas inquietudes le han llevado a recorrer gran parte de nuestra geografía, acumulando un sinfín de experiencias personales, anécdotas, y aventuras.
En su afición cetrera, Miguel Martín ha llegado a descolgarse por grandes paredones rocosos con una cuerda, para atrapar crías de halcón, que luego amaestraba. Ha pasado alguna que otra noche encaramado a la copa de un árbol, en pleno bosque, porque los lobos se mostraban excesivamente pegajosos para dormir en la tienda de campaña. Y se ha topado con el oso en plena montaña palentina...
A punto de cumplir medio siglo, Miguel Martín padece una hernia discal. Por consejo facultativo, trata de evitar la operación haciendo reposo en cama. Incapaz de estar mano sobre mano, aunque sea en cama, aprovecha este tiempo para escribir Peñagrande, en la que retrata fielmente la naturaleza y las gentes de la montaña palentina, y en donde narra (encubiertamente) gran parte de sus aventuras. Costea personalmente la publicación y distribución, de la primera edición de este libro. Como dato anecdótico, citaremos que, en monterías andaluzas, Peñagrande formaba parte del precio de la cacería, junto al puesto, el ayudante, y el almuerzo.
A raíz de esta novela, comienza una prolífica carrera literaria, en la que Miguel Martín expresa sus conocimientos, aficiones e inquietudes, recorriendo caminos tan variados como la literatura infantil, la poesía, la novela histórica, e incluso el libro científico. Toda su obra tiene un sello marcadamente autobiográfico.
Sólo él puede escribir libros como Peñagrande, Dardo y Huracán, Perdigonadas, Homo o Réquiem por el soldado Cristóbal de Olea.
En su haber, cuenta con varios premios nacionales de literatura, entre los que cabe destacar el Premio Nacional Lazarillo de 1983, de literatura infantil y juvenil. También ha cosechado importantes galardones en el campo del audiovisual, al que aporta los textos.
Ha impartido gran número de conferencias para adultos, con temas tan variados como Etología, Prehistoria, Cetrería, Pesca, Caza, Arte Románico, o Genética. Con los lectores juveniles de sus obras ha mantenido innumerables Encuentros con el autor.
En 1993 se trasladó a Nueva York, invitado por el Instituto Cervantes de esta ciudad, para impartir una serie de conferencias a los enseñantes bilingües de la "city".
Entre las sorprendentes facetas de este vallisoletano, cabe citar también su apasionada afición por la prehistoria y la arqueología.
En 1979, explanando unos terrenos, advierte la presencia de herramientas de piedra del Paleolítico inferior. A raíz de este hallazgo, comienza un trabajo de investigación, que culminaría con el descubrimiento de una cultura paleolítica en la zona de Castilla y León, desconocida hasta ahora por la ciencia.
Este hallazgo podría suponer un cambio en todos los libros de prehistoria, que presentan al hombre del Paleolítico Inferior (2,5 millones de años) como un animal que camina erguido, y fabrica herramientas solamente por percusión. De este descubrimiento se desprende que, al menos el hombre mediopleistoceno (750.000 a 120.000 años a. de C.), tiene pensamiento reflexivo, prodiga el arte, y cultiva una compleja mística. Por esta razón, Miguel Martín se embarca en la desagradecida obligación de darlo a conocer a la Administración, y a la comunidad científica.
Como en su tiempo le ocurriera a Marcelino Sautuola (descubridor de las Cuevas de Altamira, que falleció sin que su hallazgo le fuera reconocido), los estamentos oficiales le niegan por el momento su apoyo y su interés.
En la actualidad, Miguel Martín, ya jubilado, escribe y profundiza en el estudio de su sorprendente descubrimiento arqueológico.